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Hotel Artaza Blog

17 Jun

SUEÑOS DE BARRO Y CUERO

Queremos compartir con vosotros los recuerdos del autor de «Bilbaínos con diptongo» y gran amigo de esta casa, Jon Uriarte, ha plasmado en negro sobre blanco para  nosotros.

Todo en la infancia está a un golpeo de balón. Y a veces, también en la madurez. El Hotel Artaza es un claro ejemplo. No solo porque se encuentre cerca del centro de Bilbao y de San Mamés. Sino por lo que no vemos, pero está. El ayer del fútbol. O debería decir football. Porque así arribó a nuestra costa. Con el alma de las islas del norte. Como si la esfera de cuero buscara recordar quién fue. Quizá por ello Bilbao es una capital de un solo equipo. Hubo otros. Varios, incluso. Pero se disolvieron como gotas de lluvia para ser uno y diferente. Porque se puede tener dos amores, pero no dos equipos. Al menos en una Bizkaia que siempre entendió aquél juego de pies como una filosofía de vida. Con frecuencia nos preguntan qué significa ser del Athletic. Y entonces intentamos explicar lo inexplicable. Hace años, una noche de fútbol, tecleé unas líneas precipitadas en un hotel como éste. No habíamos ganado. A veces la victoria está en otras cosas. Por eso, las palabras volaron y dejaron de ser mías. Hasta que tiempo después me las devolvió, traducidas al inglés, un capitán galés de un barco con nombre lejano. Nos conocimos en la terraza del Hotel Artaza y compartimos un aperitivo tan eterno como una tarde de verano. Antes de partir, me dijo Sois lo que fuimos, cuando todo era simple, hasta que lo hicimos complicado-. Y a continuación, recogió su gorra y partió hacia otros puertos.

Sorprendido por el hallazgo, quise contarle de dónde surgieron aquellas palabras. Como que cerca del hotel, rodó por primera vez un balón caído de un barco. Lo sabemos por un pequeño recorte de prensa del  de este Noticiero Bilbaíno, fechado en 1894. Hablaba de cómo un aficionado local retaba a la colonia británica a un encuentro de football en las campas de Lamiako. El partido se disputó el 3 de Mayo de ese año, con resultado adverso para los locales de seis «goals» a cero. Desolador, dirán. Pero no. Aquellos hombres entendieron que el balón merecía más partidos. Y desde entonces han sido millones. Así, junto al olor del mar, los muelles y las mercancías, los habitantes de ambos lados de la ría le añadieron cierto sabor local. Y también algún arrebato. En pocos lugares como aquí el corazón manda tanto sobre la razón. Si jugamos con jugadores de casa es, precisamente, por uno de esos arrebatos.

 

Hasta 1911 el Athletic Club tenía jugadores locales y algún foráneo, sobre todo británicos residentes en Bilbao, del mismo modo que los demás contaban con los suyos. A los extranjeros, para poder competir, les exigían vivir un mínimo de 6 meses en la villa. En 1910 el Athletic llegó a contar con tres ingleses y la Real Sociedad de San Sebastián con otros tres, un francés y dos madrileños. El resto de los equipos incluían más foráneos que nativos. Pero en 1911 el Athletic fichó a tres ingleses para un partido y la Real no lo logró. Tras una agria discusión, el club bilbaino decidió jugar solo con uno. Y ganó. Pero herido en el orgullo, y ante las críticas del rival, proclamó que desde ese día jugaría sin extranjeros, hicieran lo que hicieran los demás. Así nació nuestra filosofía. Para jugar en el Athletic Club se precisa desarrollar la formación futbolística en su seno, en un equipo vasco, en un club concertado o haber nacido en nuestra tierra”. Punto. El resto es falso, distorsión o medias verdades.

Llegados a este punto les animo a que recorran los muelles, las playas y los montes que rodean este Hotel. Getxo, en los campos de Jolaseta. Con el tiempo llegó a Bilbao y allí está ahora. Diferentes lugares, pero mismos pilares. Así se lo conté a aquel capitán del que no supe más. Tan solo que se llevó las líneas mencionadas. Por eso las dejo aquí. Quizá quieran llevárselas también consigo, para contar por el mundo que esos tipos del Athletic no están tan locos. O sí. Porque la vida sin toque de locura sería perfecta, pero muy aburrida. Piénsenlo cuando recuerden estas palabras.

En cada rincón hay un poco del Athletic. Al fin y al cabo, sus primeros partidos los jugó en las campas de Lamiako, en la cercana Leioa, y después aquí, en El Athletic es el aitite y el nieto compartiendo bandera. El bocadillo de ama o la bufanda tejida por la abuela. La bota del vecino y el abrazo con el desconocido. La lluvia racheada, entrando por Ingenieros. La mujer que de niña soñó con calzar botas y la hija que lo logró. El último domingo compartido entre padre e hijo, sin saber que sería el último. El primer beso íntimo, rodeados de 80.000 ojos. El escudo al atardecer, al fondo de una calle de bares. El puro fumado por uno, pero compartido por todos. El grito desesperado, la emoción desbordada, la lágrima suelta. Y el placer de placeres. El éxtasis. El rugido del león. El «A por ellos» y el «Beste bat» o el «Athleeeeetic» con bufandas al viento. Los primeros, cortos y rotundos. El segundo, arrastrado con sentimiento. Tal y como es la verdadera felicidad. Así es nuestro Club. De todos y de nadie. Tan singular en filosofía, como plural en seguidores. Tan respetado, como incomprendido. Hay equipos que hacen historia, el Athletic hace leyenda. Y todo, porque un día indeterminado, en un acuerdo no escrito, decidimos seguir un peculiar camino. Donde otros veían el final nosotros veíamos principios. Elegimos ser David cuando todos querían ser Goliat. A la utopía con la épica, pasando por Bilbao. En eso estábamos y aún estamos. Un acuerdo que se mantiene, pese a todo, entre millones de aficionados alejados en lo geográfico, lo político, lo cultural o lo social. Aquel día incierto, elegimos vencer menos pero ganar más. Y entendimos que el Athletic es una cuestión de familia. Lo del futbol, créanme, es secundario”.

Jon Uriarte